Me fui de Shanghai hace 6 meses. Ya no extraño nada, porque ahora vivo en París y aquí el aire es puro y el agua es limpia. Por ejemplo, ya no extraño los olores perturbadores de la calle, ni los gritos de las mujeres, ni sus medias cortas de nylon que usan con sandalias, capris o vestidos cortos y que les aprietan los tobillos. Tampoco extraño los empujones en todos lados, ni las filas largas en que nadie respeta los turnos. No extraño los tendederos de bambú, donde cuelgan brassieres enormes, calzones rojos y camisetas percudidas. Menos extraño, las ranas que venden en el supermercado y que se hacen las muertas si las tocas y se dejan hundir hasta el fondo de una pecera, donde conviven con otros alimentos acuáticos.

 

 

Extraño un poquito, la comida; los fideos, el dim sum, los frijoles verdes de soya y las habas. El arroz pegajoso y el tofu picante. Los dumplings, esos los extraño un montón. Extraño poquito, los rascacielos que me parecieron propios de una sociedad con complejo de superioridad. La Pearl Tower y “El destapador de botellas”, bueno, esos me encantaron. Subí muchas veces a lo alto de esos edificios, desafiando mi miedo a las alturas y mi complejo de inferioridad. El Huang Pu, me fascinó, nunca he visto un río tan magnífico, encantador de un lado y del otro. Leí que en sus aguas habitaron delfines y yo miré mil veces en el fondo, a ver si quedaba alguno. Y el ferry, ese con forma de dragón que está en los Cool Docks, es tan bonito.

 

No quiero extrañar a mis amigas, ni a las que desde el primer día invitaron a mis hijos a sus casas, para que fueran amigos de sus niños y les cocinaron cosas deliciosas de sus países. Fue en aquellos primeros 6 meses de doloroso duelo por haber dejado nuestro México. Así fue, cuando llegamos en pleno invierno y entre el frío y la dudosa comunicación que establecíamos con nuestro país anfitrión, creí que no duraría ni un mes en Shanghai.

 

Esas amigas, fueron mis hermanas y mi salvación durante casi tres años. Es que fueron tan divertidas. Los almuerzos con margaritas y Prosecco, bajo cualquier excusa. Y platicábamos tan a gusto en la clase de natación, ni quien se fijara en el progreso de los niños. Organizamos eventos para el colegio. Enalteciendo las banderas sudamericanas. Hubo días tristes y otros nos reímos mucho. Yo les conté mi vida entera. Todas esas reuniones con amigas tienen un soundtrack que pasa de Pitbull a Marc Anthony, luego al Bollywood. Hay un acordeón sueco y samba que termina en La Macarena. Y tantas fiestas. Las noches tan divertidas en el Bar-Rouge y el bar chiquito, de la esquina, donde toca el grupo Filipino.

 

¿El colegio de los niños? No lo extraño nada, nunca me gusto por el sistema, por diferente, no sé. Yo no asistí ni un día a sus salones de clase. En cambio, los niños, extrañan todo de su colegio en Shanghai; sus amigos, sus maestros, los juegos y los almuerzos. Se volvieron bilingües, muy pronto. No lo entiendo. En el colegio, conocí a maestras y mujeres de muchos países. Es increíble, la cantidad de ideas, pensamientos, caras y colores que pueden existir. Diversas formas de aproximarse a las cosas, de ver la vida. Estoy tan agradecida con ese aprendizaje, pensar antes de hablar; hablar y traducir al mismo tiempo, la importancia del lenguaje en todas sus expresiones.

 

Han sido 6 meses de un duelo largo, de ansiedad profunda y de reconocer que no es fácil cambiar de continente, de idioma y de cultura. Otra vez. Estamos en búsqueda de nuestra tribu de amigos, para hacer la vida más fácil, si de algo sirve la experiencia. Pero todavía no encajamos bien.

 

Mi casa de Shanghai, yo la extraño un montón. Es que la cocina era divina y desde mi cuarto se veía una vegetación espesa, los blossoms de cerezos en primavera que duran un instante. Los bichos esos que hacen un ruido que te enloquece todo el verano. Yo me pasé tres veranos en Shanghai, sudando como una loca, con mi familia, disfrutando el compound vacío. En el último año, conocí a las amigas que recién llegaron a vivir la aventura china, con sus miedos y sus expectativas. Nos paseamos tanto por el caluroso Shanghai. Esas amigas, nos faltó tiempo para querernos más.

 

¡Cómo podría extrañar a Li Ping! si limpiaba pésimo, no tenía la mínima idea de como usar los productos. Se salía a platicar con Mr. Xu, el Shifu (otro que no extraño, ni tantito). Si yo salía, dejaban de platicar. Siempre tuve la soberbia idea de que hablaban de mi. Poco después, ante el monólogo de ella y los gruñidos afirmadores de él, creo que hablaban de ellos, de sus cosas. La rabia que me daba, los tuve que interrumpir, para que volvieran a sus deberes.

 

Ahora, hace 6 meses vivo sin una sola prenda planchada y una montaña de trastes sucios me espera cada noche. La invoco, ¡Ayiiiiii! ¿Dónde estás? Todavía tengo una funda de edredón bien planchadita y dobladita, no la he usado. La Ayi me la entregó el día que empacamos, para que la tuviera lista al llegar a mi nueva casa. Todavía huele a su plancha, todavía huele a Shanghai. Si aprendí tres palabras bien dichas en chino, fue para hablar con Li Ping y con Mr. Xu, mis verdaderos y únicos maestros de mandarín.

 

Mr. Xu, Shifu ¿Qué será de mi? Ahora que no tengo a nadie que me ayude a subir las compras a mi apartamento estilo Haussmann del piso 5, cuando una semana se descompone el elevador y la otra también. Le perdono los pedos que se tiró en el coche, si eso sirviera para tener una vez más, una vuelta al súper, al mercado del cashmere, al almuerzo con las amigas, a la cita con el médico, a la peluquería, a la clase de Yoga y que me siga conduciendo, por aquella mi vida espléndida.

 

La última noche que pasé en Shanghai estaba sola con mi esposo, en la terraza del Hotel Indigo, infinitamente tristes, empezamos a hacer recuento de los edificios y de las calles, de las cosas que vivimos. En un instante, una niebla espesa se extendió sobre el Bund. No pude ver los rascacielos entre las nubes y nunca más vi el Huang Pu. Esa, es mi última imagen de Shanghai.

 

Nuria Rangel, es mexicana y vivía en Shanghai y hace unos meses trasladó su residencia a París. Es Licenciada en Historia. Ha sido maestra y conferencista sobre Historia de México e Historia del Arte por más de 15 años. Desde 2009, escribe la columna El Ojo antes de la Navaja, para el periódico Síntesis de Tlaxcala en México.