La función primordial de un idioma es la comunicación, lo que se logra a través de palabras tanto escritas como habladas. Estudiamos un idioma extranjero para comunicarnos con sus hablantes en tres áreas: la comunicación oral, la escritura y la lectura. Pero a muchos de los sistemas de aprendizaje de idiomas en la actualidad se les están olvidando las palabras, el núcleo esencial de la comunicación.

Las palabras han quedado arrinconadas por la exhuberancia de medios didácticos a disposición de los profesores. Ya no se habla de ellas, sólo de herramientas (pronto usaremos el vocablo inglés “tools”), juegos, gráficos, historias, vídeos, hasta construcciones de colores. No olvidemos el dicho chino “una imagen vale más que mil palabras”, con lo cual, contra toda lógica de aprendizaje lingüístico, se apuesta por las imágenes en vez de las palabras. Los estudiantes apenas leen, sólo miran, observan, adivinan, comparan imágenes en los textos, buscan apartamentos con todo tipo de imágenes de muebles, calles, ciudades, pasean por la ciudad observando los árboles, las calles, los coches, o se van de viaje a países exóticos en busca de más imágenes.

Aparte de lo antiestético del término “facilitador”, me niego a que me llamen “facilitadora”. No lo  soy. Soy profesora y a los que imparto enseñanza los llamo alumnos o estudiantes. Yo enseño, ellos aprenden. Yo conozco algo que, de momento, ellos no conocen y les transmito el conocimiento, no se lo “facilito” y ellos lo reciben y lo incorporan a su acervo intelectual.


Profesor, según el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), es la “persona que ejerce o enseña una ciencia o arte” ¿Y qué tiene de malo esto? Me parece bastante digno y valioso para la sociedad. Y alumno es “discípulo, respecto de su maestro, de la materia que está aprendiendo o de la escuela, colegio o universidad donde estudia”. Tampoco veo ningún problema en esta definición.

El proceso de adquisición de la memoria y del aprendizaje se basa en los engramas.


Un engrama es una estructura estable de conexión neuronal activada por estímulos externos e internos. La repetición de dichos estímulos forma el engrama o patrón de activación que facilita la llegada posterior de los mismos estímulos o de estímulos relacionados.

Hoy en día parece que no se puede aprender nada sin “jugar”. Todo tiene que ser un juego. Las primeras letras, los números, los colores, la ropa. Juegos y juegos infantiles los que se intercalan unas cuantas palabras o frases para que los niños “aprendan”.

Y no sólo los niños. Copiando la corriente educativa originada en Estados Unidos, el resto del mundo comenzó a jugar... y se olvidó de aprender. Porque hasta las clases para adultos en muchos casos se enseñan con juegos, en especial las clases de idiomas. Se tiene la idea errónea de que si se juega a lo que se enseña, se aprende más. Y nada más lejos de la verdad.

Se parte aquí de una preocupación que en sí es válida: que la enseñanza no resulte aburrida. Y sí, es cierto, la enseñanza a veces es muy aburrida. Pero hay que hacer una distinción entre “diversión” y “juego” y entre “jugar y “aprender”.