En vacaciones, cuando vuelvo a mi México, mi primera misión es comer todo lo que extraño. Antes de hacer cualquier cosa, hago escala en los tacos de barbacoa con salsa borracha, los tlacoyos de habas con salsa verde, las tostadas de pata, las quesadillas, los sopes y las gorditas de chicharrón. Si es temporada, un soberbio Chile en Nogada. O al menos, un chile relleno de queso en caldillo de jitomate. Unas enchiladas, o unas enfijoladas o unos chilaquiles bien picosos. Unos tamales verdes o oaxaqueños. Y un mole negro sobre arroz rojo, frijoles de la olla y muchas tortillas.

 

 

Al terminar mis manjares, trato de que siempre me quede un huequito, así le decimos los mexicanos, a la acción de dejar un espacio en el estómago para un postre; arroz con leche, un flan napolitano o unos chongos zamoranos. Yo no soy dulcera, así que me como un elote con mayonesa y unos esquites o elotes en vaso, también con mayonesa, queso y chile piquín. Adoro que la vendedora me pregunte ¿Quiere del chile del que pica o del que no pica? Cabe señalar que en México, todo lo que tiene chile, pica. Además, todo lo que me sirven, lo recibo como si fuera una ofrenda y hasta se me salen las lágrimas.

 

Mi papá, preocupado por mi voracidad, mis índices de colesterol y porque los trastornos metabólicos son un problema nacional de salud, me dice que sufro el Síndrome del Jamaicón. Me explicó, que a medianos del siglo pasado, el futbolista mexicano José Efrén Villegas Rivera, conocido como “El Jamaicón”, jugador del Club Deportivo Guadalajara o “Las Chivas” de Guadalajara, destacó como seleccionado nacional y participó en los Campeonatos Mundiales de Suecia, 1958 y Chile, 1962. Fue obrero en su pueblo natal, era muy emotivo y lloraba con facilidad. Por esa razón le llamaron “Jamaicón”. El porque de ese calificativo, es un enigma. En México, somos afectos a decir sobrenombres a las personas y esos apelativos se convierten en referencias personales para toda la vida, sin más explicación.

 

 

El caso es que el “Jamaicón”, fue un futbolista notable, su carácter sensible contrastaba con sus habilidades en la cancha, en una época en que la crónica de la radio, podía glorificar las virtudes de un deportista. Lo cierto, es que durante la época del “Jamaicón”, el equipo de las Chivas de Guadalajara, ganó ocho torneos locales.

 

Esta historia ha sido bien documentada por el historiador Carlos Cardoso en su libro Anecdotario del Futbol Mexicano, Ed. Ficticia, 2006. En preparación para el Mundial de Suecia, la selección mexicana jugó partidos de preparación en Europa. Durante su estancia en Lisboa, se ofreció una cena al equipo, pero el “Jamaicón”, no  se presentó al comedor. El Director Técnico de la Selección, Ignacio Trelles, después de buscarlo un rato, lo encontró deambulando por los jardines del hotel donde se hospedaban. Y ante la pregunta de porque no se había presentado a cenar, respondió llorando, que como iba a cenar esa comida, si él quería sus chalupas, o unos sopes, y no esas porquerías que ni de México son. Al parecer, esa crisis de melancolía, afectó su desempeño durante el partido de preparación, pues el “Jamaicón”, no pudo mostrar sus habilidades ante el equipo de Inglaterra, que enfrentaron en ese momento y que ganó aquel partido por ventaja de ocho goles a cero.

 

 

Ese ataque de nostalgia por la comida, asociada la lejanía del terruño, es una mezcla de emociones e incapacidad para ejercer alguna actividad. La falta de resilencia y la consiguiente imposibilidad de continuar la vida en un país extranjero, es que lo hoy se ha llamado Síndrome del Jamaicón.

 

El fútbol mexicano es un tema del que todos hablan en mi país. Es referencia de todo y ejemplo de vida. Algunos piensan, que es una especie de maldición y no un síndrome, la incapacidad que sufren nuestros compatriotas en la cancha, para hacer goles a los adversarios extranjeros.

 

En otros campos, no creo que los mexicanos se hayan achicopalado, eso quiere decir, amedrentado o deprimido, fuera del país. Aquí en Shanghai y ahora en mi experiencia en Francia, veo a los expat mexicanos, destacando en talento y en espíritu emprendedor. Los mexicanos dedicados al negocio de la comida mexicana, merecen reconocimiento especial. La comida mexicana fue declarada por la UNESCO, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, en 2010.

 

El potencial económico en la comida mexicana, es enorme, ha sido respaldado por el gusto mundial por el guacamole y los totopos, que siempre son la entrada de los platillos más elaborados y de ingredientes selectos. En Shanghai, pude reconocer personalmente, a la chef Gabriela Fernández, La Coyota. Me impresionó su inmersión en la cultura china para conocer de cerca los alimentos que trasforma en platillos mexicanos auténticos. Ha logrado las salsas, compuestas de varios chiles y especias. Creo que importa algunos productos, muy difíciles de conseguir o transformar a partir de la comida local.

 

Hay restaurantes muy conocidos en Shanghai que hacen los propio, contratando chefs mexicanos y han logrado dar reconocimiento a la comida mexicana, que es una mezcla de sabores, especias y colores, que en la boca deben distinguirse claramente y no pueden parar de comerse. Y ni hablar las bebidas, que siempre acompañan a nuestra comida; tequila, mezcal, cerveza o pulque, o un poquito de todo. Algunos prefieren, las mundialmente conocidas, margaritas. Los abstemios, gustan de acompañar su tacos con aguas de frutas o diet-coke. 

 

El Síndrome del Jamaicón, una vez identificado, debe ser vencido con voluntad y resiliencia. Esa capacidad que debemos desarrollar para adaptarnos al cambio, con alternativas y acciones, para actuar razonablemente ante la incertidumbre y sobre todo, nunca perder el buen humor. En ese tránsito, a los mexicanos nos ayuda nuestra comida, para aguantar vara, o sea, recuperarse y sobrevivir a la adversidad.

 

Nuria Rangel, es mexicana y vivía en Shanghai y hace unos meses trasladó su residencia a París. Es Licenciada en Historia. Ha sido maestra y conferencista sobre Historia de México e Historia del Arte por más de 15 años. Desde 2009, escribe la columna El Ojo antes de la Navaja, para el periódico Síntesis de Tlaxcala en México.